Tras dos semanas viajando por algunos países de Europa, Sylvinho y yo teníamos que encontrar a Ludo y Matthias en Les houches, una ciudad en los Alpes en donde debíamos empezar una aventura que se anunciaba una vez más difícil.
El día anterior estabamos ocupados llenando nuestras mochilas con todo el material que nos parecía utíl de manera que nada nos faltaría para una semana entera, pero no queríamos llevar más de lo necesario. Matthias que era el menos acostumbrado no sabía por donde empezar, además que el cuarto nos parecía un desorden porque había comida, materiales técnicos, y también de supervivencia en el caso de que algo grave occuriese en cualquier lado. Cuando por fin hemos acabado de preparar todo fuimos al restaurante para lo que fue nuestra última cena …
Dentro de una última buena noche en una cama, de una última ducha, tomamos nuestras mochilas de más o menos trece kilos por cada uno rumbo al punto de salida.

Estabamos en buena forma, listos para luchar en la montaña por una semana, de hecho era nuestro objetivo. Mentalmente yo estaba a tope porque en la sierra yo encajo, a pesar de las dificultades de la montaña.
El primer día, la aventura ya puesta en marcha, el camino nos ponía pegas con sus pendientes que aún estaban « fácíles » de subir, desde el primer día empezamos a caminar en dupla, es decir Ludo y yo delante seguidos por Matthias y Sylvinho, de hecho seguimos así los otros días. Ese día nos dió muy buenas sensaciones, ósea que no tuvimos hambre, la rodilla de Ludo no le dolió, nos hemos dado cuenta que el cargador solar de Sylvinho funcionaba bien y Matthias que era el outsider nos seguía bien, encontramos las primeras vacas del camino y mucha gente, lo gracioso es que cada persona nos saludaba sonriendo, como si no estuvieran sufriendo y eso aunque estaban apretando el paso…
Pero teníamos sed, y a causa de una contaminación no podíamos llenar nuestras cantimploras con el agua de los ríos en la región de Les Houches entonces en el camino nos paramos en una tienda para comprar unas botellas, pero también compré algo que iba a hacernos muy feliz, un salchichón… Aproximadamente a las seis de la tarde, por primera vez, conocimos la alegría de quitar las mochilas de nuestras espaldas para poner las tiendas de campañas, y ya empezamos a tener hambre de ahí que hayamos empezado a cocinar unas raciones mientras que Ludo estaba recogiendo unos campiñones.

El día número dos, me desperté con una picadura grande en la barriga que me daba picor pero no tenía tiempo de analizarla, solo teníamos unos minutos para desayunar antes de empezar el día. Comenzamos con una pendiente, una pendiente que subimos por cinco horas, con el calor del día, las dificultades del camino, creo que es aquel día que nos dimos cuenta cual era el famoso recorrido del Mont blanc… Y también, que aún había gente que utilizaba asnos para llevar sus mochilas…
Detrás cada montaña nos hacía mucha ilusión de que haya llegado el pico, pero no, se necesitaba un poco más de esfuerzo para que lo alcanzemos. Hacíamos pausas de manera regular para beber y comer una barra energizante, cuando por fin había llegado mediodía, nos paramos una hora entera, el tiempo de cocinar un poco de sémola mientras que Sylvinho jugaba con su dron.
Al inicio de la tarde seguímos subiendo, hacía tanto calor que Ludo y yo quisimos tirarnos en la nieve, aunque no lo hicimos porque debíamos hacer un desvío para alcanzarla. Por fin, llegamos al pico al medio de la tarde, estabamos muy felices pero ya era el momento de bajarlo… No hablaré de las mujeres que siempre nos doblaban a Ludo y a mi por atajos aunque yo hubiera querido conocer esos atajos. Pero lo importante es que llegamos abajo en una granja en donde compramos un pedazo de Beaufort (queso), creo que pusimos a Sylvinho y Matthias muy felices con eso cuando nos encontramos.

Pero creo que el mejor momento de cada día fue el de cuando encontrabamos un lugar para poner nuestras tiendas de campañas, lo máximo era cuando había un río cerca del campamento para cocinar y por supuesto para lavarse.
El tercero día tuvimos que subir el col de Seigne y de esta manera cruzar la frontera francoitaliana, igual que el día anterior, empezamos con una pendiente, estabamos avanzando de un paso acelerado, salvo que en un momento tuvimos que parar y esperar antes de seguir el camino a causa de un rebaño de carneros que pasaban por ahí e iban bien guardados por los perros del pastor. Tras del desfile de los carneros volvímos al camino bien decididos y cuando llegamos arriba, por supuesto ya estabamos muy felices de haber alcanzado el pico y de cambiar de país, pero lo que sucede es que yo esperaba algo que marcase la frontera, ósea físicamente, como una línea o una bandera con los colores del país o algo así, pero no estaba decepcionado porque ibamos a pasar por la mejor parte del recorrido según la leyenda.
Yo casi inicié la bajada de Italia con una resbalada en el césped admirando los paísajes estupendos del país, además tuvimos que pararnos un rato porque la espalda de Ludo le dolía, creo que empezabamos a sentir el peso de las mochilas…
La parada del mediodía era muy importante, teníamos que recuperar mucha energía antes de aventurarnos en otra subida. Una vez más subimos por unas horas, cuando nos sentíamos cansados hacíamos una pausa, con una barra energizante, un saludo al pastor antes de volver al camino.
Arriba, una de las mejores vista que he visto de la aventura, montañas, hielo, nieve, lagos, todo lo que se necesitaba para complacer nuestros ojos estaban ahí, nos quedamos unos minutos antes de empezar el temida subida de Courmayeur.
Porque Courmayeur es una ciudad, ahí planeabamos de llenar nuevamente nuestras mochilas de comida para que sobrevivamos y sobretodo para que comamos una pizza gigante en un restaurante, de hecho creo que las pizzas eran las más grandes que hemos comido de nuestra vida ¡Qué chido de comer tanto!
Ya era tarde, una tormenta estaba acercándose, entonces teníamos que encontrar un lugar para acampar y rápido, el problema es que acampar en Italia está prohibido debajo de los dos mil metros de altura, entonces el lugar tenía que estar bien escondido. Lo encontramos y apenas nos metímos dentro que empezó a llover… Llovió la noche entera pero cuando nos levantamos en la madrugada el sol ya estaba saliendo.
El cuarto día , no creo que sea necesario decirles que empezamos con una pendiente porque ya lo sabeís… Pero esa vez una pendiente distinta, un camino sólo rodeado por árboles, ahí ví una huella de oso, de hecho no pudo ser otra cosa que un oso… LLegamos arriba y seguímos avanzando en un camino más o menos llano hasta abajo de un refugio donde planeabamos de pararnos para la pausa diaria, lo que sucede es que abajo del refugio sentí que me faltaba energía, me senté, comí una barra y volví al camino hasta el refugio donde quitamos nuestras mochilas pesadas. Por bien decorada que sea, en esos momentos mi mochila a mí me caía mal…

Una hora después y ya era el momento de volver al camino, tras de unas partes más o menos llanas, una planta que me dió picor y de una bajada volvímos a una subida para alcanzar el Grand col Ferret, ahí era la frontera italosuiza. Antes de subir debíamos esperar a Sylvinho y Matthias pero después de haber esperado más o menos trenta minutos no podíamos esperar más, había viento y queríamos alcanzar el pico para acabar el día…
Al inicio subíamos bien, teníamos mucha fuerza, energía y nada podía pararnos, pero, después de una hora sentimos un poco de fatiga, no sin dificultades alcanzamos el pico, y de esta manera Suiza, donde hacía tanto frío que apenas llegamos tuvimos que cambiarnos de ropa por unas mucho más calientes, y en vez de esperar a Sylvinho y Matthias sin hacer nada, Ludo y yo decidimos poner las tiendas de campaña un poquito más abajo. Cuando Sylvinho y Matthias llegaron, tomaron unas fotos, Matthias llamó a su madre, nos metimos en las tiendas de campañas, comimos una preparación con fríjoles, atún, trigo y ya. hasta mañana.
El día número cinco, Aquel día, Matthias y yo madrugamos, nos despertamos a las cinco de la mañana, más o menos, apenas desperté Matthias me dijo « ¿Desayunamos? », ya sentía el hambrita entonces tenía muchas ganas de abrir el paquete de Muesli para sentir el gusto suave de los cereales. Cuando por fin encontramos el coraje de salir de las tiendas de campaña seguimos el camino rumbo a Ferret, un pueblito en Suiza en donde planeabamos comer antes de iniciar una tarde que se revelara como una de las más difíciles de la aventura… empezamos la tarde suavemente, es decir que a pesar del calor el camino aún estaba tranquilo sobretodo que encontramos un montón de arándanos, que comí para que me llene de la energía que empezaba a faltarme, y cuando llegamos bajo la « fenêtre d’Arpette », supimos que sería una prueba, coloqué mis bastones que era obvio que no nos eran utíles y nos tiramos en las piedras con el objetivo de alcanzar el pico sin daño, el peso de la mochila era un enemigo, nos tiraba hacía atrás y aveces casi resbalabamos, aunque no llovió tanto como pensabamos, lo poco que había caído del cielo hacía las piedras resbaladizas…

Por muy orgullosos y contentos que hayamos estado cuando Ludo y yo alcanzamos el pico, estabamos preocupados porque no sabíamos a que distancia Sylvinho y Matthias estaban, tras haber charlado con una pareja, decidimos seguir bajando el pico y de esta manera encontrar rapidamente un lugar para pasar la noche.

Encontramos un lugar, repetimos la tarea cotidiana de poner las tiendas de campaña y esperabamos a Sylvinho y Matthias aunque ya sabíamos que no estarían felices… A Matthias una piedra cayendo casi lo mató llegó enojado, tuvo que romper su frustración, y lo hizo. Con Matthias nos conocemos desde mucho tiempo, entonces ya sabía que sería sur reacción…
El sexto día nos levantamos con motivación, y esa por la razón que nos dijimos que no podía ser peor que el último día… Pero teníamos tantas ganas de avanzar que nos equivocamos de camino, afortunadamente nos fijamos rapidamente de nuestro error y volvimos al bueno.
La primera pendiente nos ha recordado que no era un paseo, sino un challenge, aunque el camino era más fácil que el día anterior, una vez más estaba lleno de pendientes… para alcanzar el col de Balme, que es la frontera de vuelta a nuestro país, el camino nos parecía tan largo que tuvimos la sensación de quedarnos en el mismo lugar, cuando por fin llegamos, nos apuramos a un refugio para que comieramos un plato digno de nuestra aventura, pero no diré lo que fue, eso es une secreto.
Aunque comer en un restaurante fue un placer sin nombre, el día no estaba acabado, de hecho la subida hasta el Lago Blanco era también una prueba, ya sabíamos que sería difícil entonces nos preparabamos mentalmente antes, y cuando lo iniciamos, estabamos a tope, avanzabamos a un paso segurado, sin levantar la cabeza, yo tenía una canción en mi cabeza, estaba en mi mundo y no me dejaba distraer por lo que había alrededor. Salvo que en la mitad de la pendiente, escuché a unas chicas que ya estaban bajando diciendo que nunca harán el recorrido del Mont Blanc, por la razón que subir esa pendiente las ha desanimado, entonces en ese momento me dije que el lago todavía estaba lejos.
Tras de unas escaleras, alcanzamos el lago, un regalo de la naturaleza, con el Mont Blanc al frente de nuestras tiendas de campaña, a pesar del viento, la última noche se anunciaba agradable, terminamos la mantequilla de cacahuete y nos metimos en los sacos de dormir.
El último día me desperte con las piernas muy pesadas, cada paso era una prueba para mí, cada parte plata, cada pendiente me dolía, era difícil aunque casi habíamos acabado el recorrido, nos dí cuenta que pusimos nuestros cuerpos a dura prueba, Ludo golpeó sus bastones contra una piedra, era el momento de terminar.
Lo acabamos a mediodía en un refugio, ósea en un restaurante, nos sentamos nosotros tres en una mesa, digo nosotros tres porque Matthias quería quedarse solo, una mesa entera para el jefe Matthias, lejos de nosotros, eso no es una sopresa cuando conocen a Matthias, lo importante es que no molestó a la camarera.
Y ya, ya lo hemos hecho, ciento sesenta kilómetros con once mil metros de desnivel, siete días de tener hambre, de luchar con la fatiga, de reir, de sufrir, de hablar, de estar silencios, de superarse, de descubrirse.
Tomamos un bus hasta el piso en Les houches, un bus en donde Ludo olvidó sus bastones, llegado al piso, tomé la ducha la más larga de mi vida, y tras eso, Matthias y yo fuimos a la tienda para comprar comida, pan con charcutería y queso para él, y cereales con leche de coco para mí, en la cena tomamos una botella de vino con charcutería también antes de salir al restaurante, comí tanto ese día que volví al piso con dolor de barriga, nos metimos en la cama, un placer después de haber dormido en un saco de dormir siete días.
Una aventura bien llena, ahora tengo otros proyectos que las expediciones, pero volveré, y la próxima vez puede ser en la selva, para que salga una vez más de mi zona de confor.
Gracias por leerme.
Lucas.
